Primavera. Look-56. Oficinista

primavera_look56_oficinistaMira que formalita con mi blusa de lazo.

¡Cómo me gustan las blusas!. Me encanta su tacto sedoso, la caída que tiene la tela, lo vaporosa que es.

Lo que no me gusta de ellas es lo delicadas que son, que hay que lavarlas a mano, que se arrugan con facilidad, que el nudo se deshace poquito a poco, sin darse importancia, sin aspavientos, disimuladamente, hasta que de repente te miras y llevas el lazo deshecho y piensas: “otra vez?, venga ya!”.

Pero es ponerte una blusa y parece que engrandeces, hasta se te endereza el cuerpo. Andas más erguida y te crees alguien. Y si a esa blusa mágica le añades una chaqueta, entonces el poderío es máximo.

Me encantan las chaquetas pero reconozco que son un incordio. Te restan movilidad. Como ahora se llevan tan estrechas, se te quedan encajadas por la axila, por no decir sobaquillo que es lo que me pedía el cuerpo. Y si la blusa tiene la manga más ancha que la chaqueta, se te forma un gurruño de mucho cuidado. No todos  tenemos la misma soltura con una chaqueta que un jugador de fútbol con un traje de Emidio Tucci. Lo digo por el anuncio en el que algunos jugadores salían jugando para demostrar que el traje era super cómodo. Pues si tan cómodo es, chaval, juega con él en el campo con tus compañeritos y luego me lo cuentas.

Nunca he tenido oportunidad de llevar ropa de oficinista. No quiero decir ejecutiva, porque para eso tendría que tener un alto cargo y eso si que es bastante improbable. Aun así, como no atiendo a razones, a veces me he plantado una falta de tubo, una camisa ajustada, una chaqueta y unos buenos tacones y me he ido a trabajar tan pancha, a ocupar mi puesto de currito. Y no me ha importado lo más mínimo. Puede que desentonara un poco con el entorno, pero si el de al lado podía ir en zapatillas de deporte, no iba yo a poder ir con tacones?.

Claro que siempre sale un listo que te suelta, “que vas de boda?”. De boda?, este no se entera de nada. Voy de directora de una gran compañía, a ver si lees más la Vogue.

Y cuando vuelvo a casa, al quitarme la falda, los tacones, la camisa y la chaqueta, me convierto de nuevo en Cenicienta. Pero por un rato he sido una ejecutiva agresiva, sin tener que contestar miles de llamadas y sin tener que asistir a reuniones interminables.

Y aunque el hábito no hace al monje, hace volar tu imaginación y tu corazón, a lugares y situaciones diferentes.

Blusa de massimo dutti, falda de zara y botas de trucco.